Browse By

Benedicto XVI celebra la Misa del Gallo

Benedicto XVI ofició la tradicional Misa del Gallo en la basílica de San Pedro del Vaticano, la sexta de su pontificado, en medio de una noche lluviosa y desapacible, para conmemorar el nacimiento de Jesús.
El milenario rito comenzó con las kalendas, el antiguo texto que anuncia el nacimiento de Cristo, que fue cantado al inicio de la misa, en latín, por un cantor de la Capilla Sixtina. La espléndida basílica vaticana lució engalanada ante las cámaras de todo el mundo, con una imagen del Niño Jesús presidiendo la ceremonia.
El papa Benedicto XVI, que si por algo se caracteriza es por la profundidad y la altura intelectual de sus homilías y discursos, afirmó que la alegría por la Navidad debe transformarse en oración para pedir a Jesucristo que cumpla su promesa y rogó por un mundo de «justicia, amor y paz», además de condenar en términos muy duros a los que siembran la violencia y la guerra en el mundo. Lo hizo con estas palabras: «Señor, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las túnicas ensangrentadas”. El pontífice dijo que la oración es igualmente una llamada a Dios para que cumpla la promesa de que “la paz no tendrá fin (…) Te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el reino de justicia, de amor y de paz”.

El Papa ha señalado que en la noche de Belén «ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre». «Cristo ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí». Benedicto XVI ha afirmado que «el Rey» de la noche de Belén «no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo» porque «lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios» y que «en la debilidad como niño» muestra «la fortaleza propia de Dios» frente «a los poderes presuntuosos del mundo».
Palabras de hondo calado que ha completado con unas idea de extraordinario valor: “el Niño de Belén ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado fuerzas para resistir a la tiranía del poder (…) ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder y en Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo».
Benedicto XVI ha señalado que en Belén, Cristo «ha querido nacer como el primero de muchos hermanos» y ha pedido a Dios que dé «la verdadera hermandad» a la humanidad. Además, ha rogado al Niño de Belén que ayude a los cristianos «a reconocer su rostro en el otro que lo necesita, en los que sufren o están desamparados» y en «todos los hombres» para convertir al mundo «en una familia, su familia».
Ideas de fraternidad auténtica sobre las que merece la pena que todos reflexionemos.
Benedicto XVI ha recordado que «el entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta», el mundo no lo puede dividir en partes separadas una de otra sino que están indisolublemente entretejidas entre sí (…) esta palabra es promesa y llamada a la vez y Dios precede al hombre con el don de su Hijo de manera inesperada».
El Papa ha asegurado que Dios «ha llamado al hombre a una libre respuesta de amor» y que el hombre no puede «con su buena voluntad redimirse a sí mismo» sino que necesita la gracia del amor de Dios y la respuesta libre del hombre para su salvación, que Dios espera «y que incluso ruega en el nacimiento de su Hijo». El Pontífice ha insistido en que Dios «no deja de buscar» a cada hombre y de levantarlo cada vez que lo necesita (…) Dios no abandona a la oveja extraviada en el desierto y no se deja confundir por el pecado sino que vuelve a comenzar con cada hombre”. Benedicto XVI ha asegurado que Dios ama a los hombres «para que puedan convertirse en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra».
Son conceptos de fe que conceden a Dios un papel relevante, pero a una fe en Dios en libertad e individual con responsabilidad para traer la paz y el amor a la Tierra.
El Papa, que ha oficiado una homilía con un gran contenido teológico, filosófico y espiritual, ha dicho que: “Así, forma parte de esta noche la alegría por la cercanía de Dios. Damos gracias porque el Dios niño se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo así, nuestro amor, infunde su paz en nuestro corazón (…) Esta alegría, sin embargo, es también una oración: Señor, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las túnicas ensangrentadas”.

Benedicto XVI afirmó que el niño Dios lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo divino. “Precisamente en la debilidad como niño él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios”.
Asimismo, consideró que el apóstol Pablo amplió y profundizó la idea de Jesús como “el primogénito de la creación que es (…) verdadero arquetipo del hombre” y que por lo tanto “el hombre puede ser imagen de Dios, porque Jesús es Dios y hombre, la verdadera imagen de Dios y el hombre”.
Entre las muchas ideas con que nos ha regalado la Misa del Gallo este año, está ese llamamiento para que «todos los hombres de buena voluntad respeten la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural”.
El Papa ha afirmado que: ‘Este niño es realmente hijo de Dios, él ha hecho surgir realmente islas de paz y su reino se extiende hasta los confines de la tierra. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios’. Una paz que es consustancial con la auténtica Nochebuena y Navidad que viven los cristianos.
Ha agregado que con su llegada, “Cristo alzó el poder sobre sus hombros, adquirió una ‘nueva realeza’ y por él quedaron unidas las humanidad y la divinidad (…) El construye su reino desde dentro, partiendo del corazón, en cada generación. Pero también es cierto que no se ha roto la vara del opresor. También hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todavía, una y otra vez, queda la túnica empapada de sangre”.
Cerca de 6.000 personas han podido asistir a esta tradicional Misa del Gallo. Tras la celebración, Benedicto XVI, acompañado por varios niños de cada continente, ha venerado la imagen del Belén que se encuentra en la Basílica de San Pedro y ha entregado la imagen del Niño Jesús que ha presidido la Vigilia de Navidad. También se ha acercado a bendecir a cinco niños antes de abandonar la Basílica.
Como es habitual, ha sido una Misa del Gallo a cargo de Benedicto XVI plena de contenidos para reflexionar y fortalecer la fe desde un conocimiento integral.

Homilía de Benedicto XVI:
Queridos hermanos y hermanas “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en “hijo de Dios” mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser.

La lectura tomada del profeta Isaías, que acabamos de escuchar, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: “Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado”  (9,5) . La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz. En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz  (9,5) .

Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios. A decir verdad, las palabras del rito de coronación en Israel eran siempre sólo ritos de esperanza, que preveían a lo lejos un futuro que sería otorgado por Dios. Ninguno de los reyes saludados de este modo se correspondía con lo sublime de dichas palabras. En ellos, todas las palabras sobre la filiación de Dios, sobre su designación como heredero de las naciones, sobre el dominio de las tierras lejanas  (Sal 2,8) , quedaron sólo como referencia a un futuro; casi como carteles que señalan la esperanza, indicaciones que guían hacia un futuro, que en aquel entonces era todavía inconcebible.

Por eso, el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Belén es a la vez inmensamente más grande y desde el punto de vista del mundo más humilde que lo que la palabra profética permitía intuir. Es más grande, porque este niño es realmente Hijo de Dios, verdaderamente “Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre” . Ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos; Él ha “descendido” realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí. Este niño es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra. En la magnitud universal de la santa Eucaristía, Él ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios. Este niño ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir a la tiranía del poder. Él construye su reino desde dentro, partiendo del corazón, en cada generación.

Pero también es cierto que no se ha roto la “vara del opresor” . También hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todavía hoy, una y otra vez, queda la “túnica empapada de sangre”  (Is 9,3s) . Así, forma parte de esta noche la alegría por la cercanía de Dios. Damos gracias porque el Dios niño se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo así, nuestro amor, infunde su paz en nuestro corazón.

Esta alegría, sin embargo, es también una oración: Señor, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las túnicas ensangrentadas. Cumple la promesa: “La paz no tendrá fin”  (Is 9,6) . Te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el “reino de justicia, de amor y de paz” . “María dio a la luz a su hijo primogénito”  (Lc 2,7) .

San Lucas describe con esta frase, sin énfasis alguno, el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel. Designa al niño como “primogénito” . En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, “primogénito” no significa el primero de otros hijos. “Primogénito” es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas.

Así, en el Libro del Éxodo  (Ex 4,22) , Dios llama a Israel “mi hijo primogénito” , expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sabía que esta palabra había recibido una nueva profundidad en Jesús; que en Él se resumen las promesas hechas a Israel. Así, la Carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente “el primogénito” , para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento  (cf. Hb 1,5-7) .

El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso como en muchas religiones debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentación de Jesús en templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; está destinado al sacrificio, por decirlo así. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz.

Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos. Pablo ha ampliado y profundizado la idea de Jesús como primogénito en las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: Jesús, nos dicen estas Cartas, es el Primogénito de la creación: el verdadero arquetipo del hombre, según el cual Dios ha formado la criatura hombre.

El hombre puede ser imagen de Dios, porque Jesús es Dios y Hombre, la verdadera imagen de Dios y el Hombre. Él es el primogénito de los muertos, nos dicen además estas Cartas. En la Resurrección, Él ha desfondado el muro de la muerte para todos nosotros. Ha abierto al hombre la dimensión de la vida eterna en la comunión con Dios. Finalmente, se nos dice: Él es el primogénito de muchos hermanos. Sí, con todo, Él es ahora el primero de más hermanos, es decir, el primero que inaugura para nosotros el estar en comunión con Dios. Crea la verdadera hermandad: no la hermandad deteriorada por el pecado, la de Caín y Abel, de Rómulo y Remo, sino la hermandad nueva en la que somos de la misma familia de Dios.

Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al “primogénito” y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera hermandad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia.

El Evangelio de Navidad nos relata al final que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”  (Lc 2,14) .

La Iglesia ha amplificado esta alabanza, que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, haciéndola un himno de alegría sobre la gloria de Dios. “Por tu gloria inmensa, te damos gracias” . Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por la bondad de Dios, que en esta noche se nos manifiestan. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz.

Pero el mensaje de los ángeles en la Noche Santa habla también de los hombres: “Paz a los hombres que Dios ama” . La traducción latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a Jerónimo, suena de otra manera: “Paz a los hombres de buena voluntad” . La expresión “hombres de buena voluntad” ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los últimos decenios.

  Pero, ¿cuál es la traducción correcta? Debemos leer ambos textos juntos; sólo así entenderemos la palabra de los ángeles del modo justo. Sería equivocada una interpretación que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor.

Pero sería también errónea una interpretación moralizadora, según la cual, por decirlo así, el hombre podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo.

El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. Así, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos.

No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra. Lucas no dice que los ángeles cantaran. Él escribe muy sobriamente: el ejército celestial alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo… “  (Lc 2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios.

Cantare amantis est, dice Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo de los siglos, el canto de los ángeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegría, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Sí, te damos gracias por tu gloria inmensa. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez más personas que aman contigo y, por tanto, personas de paz. Amén.




Translate »