Última actualización: 22/02/2011 | Hora: 2:12 | Autor:

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Nueva Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos 2011

Entre las muchas noticias que han acaparado la atención en este mes de febrero, con la crisis en Túnez y Egipto en primer plano, han pasado desapercibidas otras noticias de gran calado y de mucho más alcance en el tiempo.
El 8 de febrero las fuerzas armadas de Estados Unidos divulgaron su primera declaración de estrategia en siete años, titulada “Redefiniendo el liderazgo militar estadounidense”, que aborda nuevos temas en la agenda, como los retos que plantea China y otros desafíos estratégicos que hay que afrontar en los próximos años. Aunque Afganistán sigue estando entre los objetivos, y lo estará durante mucho tiempo aún, ya no es el prioritario porque estamos en un mundo distinto al de hace diez años, con necesidades diferentes.
La estrategia militar nacional aprobada en 2011 por parte del Estado Mayor Conjunto, cuyo jefe es el almirante Mike Mullen, reafirma el compromiso de Estados Unidos de combatir el extremismo islamista violento junto con los aliados en Afganistán y Pakistán, ya sea de Al Qaeda o los talibanes, pero establece nuevos objetivos y orienta a los militares para enfrentar otras amenazas existentes actualmente en otros lugares, de la mano del poder militar pero también en colaboración con otros elementos de poder.

La nueva política militar que debe afrontar estos cambios se basa en esta estrategia de seguridad nacional y en la revisión cuatrienal de defensa, que podemos sintetizar en cuatro objetivos: la lucha contra el extremismo violento; disuadir y derrotar las agresiones; fortalecer la seguridad regional e internacional y diseñar las fuerzas futuras.
Esta estrategia es importante porque afronta los nuevos retos que tenemos planteados en el mundo actual y supone una revisión de cómo las fuerzas militares de Estados Unidos actuarán en el nuevo contexto internacional, qué objetivos serán prioritarios de la ayuda estadounidense y cómo se pretende alcanzarlos, siempre con el horizonte de una seguridad nacional más fuerte y cohesionada que ofrezca respuestas a los desafíos exteriores.
Una de las novedades de la estrategia es que se intenta potenciar el enfoque de la “nación como conjunto”, que integre a las fuerzas armadas y de seguridad con el poder diplomático y otras organizaciones no gubernamentales, ofreciendo un planteamiento global y una respuesta combinada que permita abordar con mayores garantías los retos de seguridad que ya se están planteando, cada vez más complejos y cambiantes en el tiempo.
Nos encontramos en un nuevo escenario que abarca un mundo de “múltiples nódulos”, que es el término para definir un entorno en el que hay varios frentes abiertos y varios poderes que luchan por dominar y defender sus intereses en diferentes regiones, a diferencia de la rígida competición del pasado, cuando había sólo dos bloques opuestos.

Si la última estrategia nacional militar, presentada en el año 2004, convocó a las fuerzas armadas para proteger al país, prevenir ataques por sorpresa y lanzar ataques preventivos, y prevalecer sobre los adversarios, este nuevo documento va más allá de ese objetivo y busca activamente fortalecer la seguridad global a través de sociedades regionales e internacionales, así como reestructurar la fuerza militar estadounidense para enfrentar los próximos desafíos. Son medidas que deben desarrollarse lo más rápidamente posible y que no admiten demoras si queremos que el mundo mantenga unos niveles de seguridad que hagan posible la convivencia y el progreso internacional.
El documento, de 21 páginas, pone el acento en la reestructuración de las fuerzas armadas de cara al futuro y en el fortalecimiento de las estrategias regionales y globales que permitan el uso de la fuerza militar en unas condiciones que son establecidas de forma general en esta estrategia nacional.
Un aspecto importante y que incluye una flexibilidad que muchos analistas defendemos es la necesaria revisión por ley cada dos años de esta estrategia, y que algunos consideramos aún demasiado tiempo, ya que los cambios en el mundo se han acelerado de tal forma que se hace precisa una revisión al menos anualmente.

El escenario de seguridad y defensa al que se enfrenta Estados Unidos ha cambiado sustancialmente desde la anterior estrategia de 2004, que no había sido modificada en las revisiones de estos años, y hoy el país no sólo se enfrenta al terrorismo islamista de Al Qaeda o la insurgencia talibán, sino también a una amplia y variada serie de desafíos en la región de Asia-Pacífico, desde el fortalecimiento y el crecimiento de India y China, pasando por los diversos poderes regionales emergentes en Oriente Medio y África, además del programa nuclear norcoreano, el cambiante equilibrio económico global y una competencia salvaje por los recursos naturales.

Por eso esta estrategia pone la atención en la mejora de la seguridad global a través del establecimiento de relaciones militares más profundas y la cooperación con China, el diálogo con Rusia y otros países de Asia-Pacífico, que van a ser claves. Lo será también, por ejemplo, la mayor cooperación con Rusia en la lucha antiterrorista, la no proliferación nuclear, la defensa antimisiles, la investigación espacial y la estabilidad en Asia.
De esta forma, Estados Unidos no sólo se propone cumplir la misión en Irak y Afganistán sino que mira más allá de estos conflictos y plantea el nuevo marco estratégico en el que se enfrentarán los problemas y situaciones cambiantes que van surgiendo por todo el mundo. Una adaptación a los nuevos riesgos emergentes que es necesaria en un momento en el que el país se encuentra en una de las etapas más prolongadas de guerra de su historia.
Se trata, pues, de la estrategia nacional que nos permitirá gestionar esta etapa, que se ha convertido en el punto de inflexión vital para abordar el desafiante mundo que tenemos actualmente. Después de diez años de guerra, tras los ataques del 11/S que la provocaron, las fuerzas armadas deberán redefinir objetivos y estrategias en un nuevo entorno, que también incluye un reajuste presupuestario y decisiones difíciles de tomar en los próximos años.
Asimismo, la nueva estrategia incorpora las nuevas tendencias demográficas en el mundo, el cambio que se ha producido de la población en diferentes regiones, el escenario que puede surgir de posibles carencias de recursos naturales, la amenaza creciente de desastres naturales, que ya es una realidad, los cambios en la prosperidad en el planeta, el papel de las nuevas tecnologías y la mayor competición que se produce ya en el espacio y el ciberespacio, sin olvidar el sabotaje cibernético, las intrusiones y las amenazas a través de la red. Otro capítulo importante de la estrategia se refiere a las armas de destrucción masiva, la amenaza de los programas nucleares norcoreano e iraní, el papel de las organizaciones del crimen organizado y de grupos terroristas, y los sistemas de defensa cada vez más sofisticados que tratan de frenar la libertad de acción de Estados Unidos en un mundo necesitado de su liderazgo militar y sin el cual se verá abocado a una sucesión de crisis regionales y guerras.
Es una estrategia de defensa nacional llena de retos que pondrá a prueba la capacidad de Estados Unidos y muy especialmente la de sus gobernantes y responsables militares y de Inteligencia.

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