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El liderazgo de Michael Bloomberg en Inmigración

Uno de los grandes desafíos que tiene pendiente Estados Unidos es una reforma migratoria que responda a los problemas que plantea este tema. Por historia y por su incidencia económica y social, se trata de un asunto de enorme trascendencia.
Recientemente, la organización America’s Voice ha felicitado al alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, por ser una voz independiente de razón, acción y compasión en este asunto vital, en suma, por desempeñar un liderazgo activo en inmigración.
El alcalde Bloomberg utilizó su discurso de inauguración del tercer mandato como alcalde para hacer un extraordinario compromiso de liderazgo en el tema nacional de la inmigración. En el discurso, el alcalde se comprometió a organizar un grupo bipartidista de cargos electos de todo el país para apoyar los esfuerzos de una reforma migratoria verdaderamente justa e integral.
Esta idea le conecta con uno de los grandes retos de Estados Unidos y demuestra su capacidad de escuchar las voces de los inmigrantes. Como alcalde de la capital financiera de este país, que es además la ciudad y el hogar de numerosas y muy diversas comunidades étnicas y de inmigrantes, Michael Bloomberg comprende que una reforma migratoria integral e inteligente contribuirá sustancialmente al crecimiento económico y a la mejora de la seguridad nacional, que son los otros dos desafíos en el horizonte inmediato. Al relacionar estos tres temas, Bloomberg entiende la necesidad de tomar decisiones interdependientes, que van más allá incluso de los planteamientos ideológicos puntuales que se puedan tener al respecto.

El alcalde neoyorkino es consciente de que para que su ciudad funcione y lo haga con una necesaria justicia social, la inacción no es una opción válida en temas migratorios. La paralización del Congreso no aporta soluciones, no ya soluciones Demócratas o Republicanas, sino ningún tipo de solución, deteniendo las iniciativas que pudieran tener los legislativos estatales.
El alcalde Bloomberg entiende esto perfectamente y lo deseable sería que siguiendo su ejemplo de dar un paso al frente, demostrando liderazgo, éste pueda ser el año en que el Congreso también entienda la necesidad de afrontar este tema.  Ajeno a políticas partidistas o inflexibles opositores a la reforma migratoria, Bloomberg sí está enfocando sus esfuerzos hacia lo que es mejor para la ciudad, el estado de Nueva York, y los Estados Unidos, al margen de partidos políticos o ideologías que sólo frenan las decisiones o impiden tomar las adecuadas.
Los líderes del Congreso y el presidente necesitan actuar con la sabiduría con la que está actuando el alcalde de Nueva York, respondiendo al reclamo de una enorme mayoría de los votantes y de la población en general, que quieren soluciones para los grandes temas nacionales en lugar de la cháchara, la pérdida de tiempo, y el politiqueo habitual de siempre.

Michael Bloomberg nos recordó a todos en su discurso de inauguración que: “Las comunidades de inmigrantes de Nueva York han impulsado el motor de la economía de Estados Unidos durante generaciones”.
Esto es cierto y continúan haciéndolo de forma efectiva. Es hora de que este país se comprometa con una reforma equilibrada, que permita a millones de personas salir de la marginalidad social e integrarse de pleno derecho en la economía nacional. Una reforma adecuada es la oportunidad para contribuir al aumento de los trabajadores legales y mejorar sus condiciones laborales y salariales. Algo que puede mejorar también las condiciones de los empleados nacidos en el país.
Una reforma migratoria, que ha de ser necesariamente bipartidista para ser justa y lo más correcta posible, significaría dejar atrás el problema de la inmigración ilegal indocumentada, con todas las frustraciones e injusticias que conlleva para los trabajadores, los inmigrantes, los empleadores, las comunidades, y las familias inmigrantes.
Como han demostrado algunos estudios sobre el impacto de la inmigración en la economía, una reforma completa potenciaría el fortalecimiento del Producto Interior Bruto del país en un porcentaje sustancial, que podría ser del 0,84 por ciento, que puede equivaler a 1,5 billones de dólares en los próximos diez años. También aumentaría el nivel de los salarios e impulsaría la economía. Son sólo algunas estimaciones. Lo cierto es que los beneficios de una reforma migratoria se dejarían sentir en la economía, las condiciones de trabajo generales, y la seguridad nacional, al tener un mejor control de la frontera con México.

Desde el aspecto humanitario, la reforma migratoria, que no ha de ser necesariamente la que proponga el presidente Obama, sino consensuada por Demócratas y Republicanos, también es deseable. Por ello, más de 400 líderes católicos, episcopales, presbiterianos, bautistas, luteranos, metodistas, y judíos, que asistieron hace unas semanas al servicio interreligioso en la Iglesia Metodista Unida de San Pablo, se mostraron receptivos a esa reforma migratoria.
El cardenal Daniel DiNardo, ejerciendo también liderazgo en este tema, ha exhortado a los jefes de congregaciones locales y de sinagogas para que ayuden a persuadir a sus fieles a apoyar una reforma integral del sistema nacional de inmigración. DiNardo ya ha advertido que no habrá gran unidad entre las congregaciones, pero ha puntualizado que esto no se debe a que los feligreses “no comprendan, teman o se opongan” a la reforma migratoria, y ha exhortado a los líderes religiosos a respetar la opinión de sus fieles, pero agregó que se debe hablar sobre la necesidad apremiante de esta reforma.
Aunque muchos ciudadanos, sobre todo votantes Republicanos, perciben la reforma como un posible polvorín social, a los que todo sea dicho, tampoco les falta parte de razón, se hace necesario afrontar el tema con urgencia porque la inacción puede convertirse en un polvorín aún mayor. Los riesgos de no hacer nada son mayores que enfrentar una reforma consensuada y justa.
Las distintas confesiones religiosas también están cobrando un protagonismo esencial en el debate, por su vertiente social, familiar, y humana. A las opiniones de la Iglesia Católica en favor de una reforma migratoria, las del alcalde Bloomberg, y sus presiones sobre la Administración Obama para que la impulse, se ha añadido también la Organización Metropolitana, un grupo independiente, sin afiliación política, que apoya un proyecto de ley para reformar el sistema inmigratorio. O la campaña que ha lanzado la Alianza Hispana Evangélica del Metroplex (AHEM), www.ahemdfw.org, denominada “Esperanza para América”, que consiste en el registro de 100.000 personas a través de textos y llamadas telefónicas a los congresistas en Washington D.C, y el impulso de debates sobre el tema.
El cardenal DiNardi ha calificado la reforma migratoria como una medida: “enormemente importante para nuestra época, crítica para nuestras comunidades y para nuestra nación, y también necesaria y vital para nosotros como iglesias, sinagogas y comunidades creyentes”.

Es cierto que aún existen muchas voces en contra de una reforma migratoria, pero es una postura en contra de una determinada reforma impuesta desde el gobierno federal, alejada de la realidad y de las necesidades de seguridad, del mercado y la economía. Conciliar ambas posturas, la humana y la económica, es vital para sacar adelante una reforma que sea exitosa, racional y con respuestas de futuro.
El miedo y la inquietud que provocan una reforma migratoria son lógicos, y es preciso atender estos temores con medidas realistas y eficaces. Pero no son justificativas para no hacer nada.
Porque Estados Unidos, nación de inmigrantes, se alimenta de la iniciativa y el trabajo de éstos, y debe abrir con justicia a quien llama a las puertas del sueño americano. Porque de ellos depende también el futuro de este país.
El liderazgo de personalidades independientes, como Michael Bloomberg, y la guía humanitaria y espiritual de las diversas iglesias y confesiones religiosas, ya están contribuyendo a encauzar ese necesario debate para una gran reforma migratoria nacional, que es también una necesidad nacional y social.




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