Trump potencia la industria de defensa y la política energética
A menudo muchas de las grandes decisiones del presidente Trump no reciben la cobertura adecuada de los medios y la prensa, por ignorancia, manipulación informativa o sesgo ideológico. Es el caso de una de sus recientes decisiones para potenciar la industria de defensa y la política energética. Sus esfuerzos en este sentido, se han materializado en una orden ejecutiva para invocar la Ley de producción para la defensa. Al expandir la producción doméstica de petróleo, la refinación y la capacidad logística para evitar una escasez de recursos industriales o de elementos de tecnología crítica que podría perjudicar gravemente la capacidad de defensa nacional, afronta un tema básico para fortalecer la seguridad nacional. Esta orden destina recursos federales a la producción de petróleo, gas natural licuado, carbón y la infraestructura de la red eléctrica.
Además, la Administración Trump ha contactado a los directivos de Ford, General Motors y GE Aerospace, entre otras empresas, para ver si estarían dispuestas a reorientar parte de su capacidad fabril, mano de obra y experiencia en manufactura hacia la producción de municiones, componentes de armas y vehículos militares. El objetivo es ampliar la base industrial de defensa más allá de los contratistas tradicionales de armas como Lockheed Martin y RTX, aprovechando la enorme escala y eficiencia de los gigantes de la manufactura civil. El presidente quiere poner la producción militar de Estados Unidos en modo «tiempo de guerra» para reconstruir las existencias y suministros rápidamente y prepararse para necesidades futuras.
Es un enfoque similar al del «Arsenal de la Democracia» durante la Segunda Guerra Mundial. En aquella época, los fabricantes de automóviles de Detroit, como Ford, GM y Chrysler, detuvieron en gran medida la producción de automóviles civiles y se reorientaron hacia la fabricación de tanques, bombarderos, camiones, motores, rifles, municiones y otro equipo militar que ayudó a ganar la guerra. Trump es consciente de que la implicación de las empresas y la sociedad civil es esencial para ganar los conflictos en curso y los que puedan surgir.
De forma paralela, el presidente ha llevado a Estados Unidos a liderar la producción energética mundial. Por ejemplo, las exportaciones de petróleo del país han batido otro récord. El total de crudo y productos petrolíferos alcanzó los 12.700.000 barriles por día en abril. El dominio estadounidense es absoluto mientras el resto del mundo se revuelve en el caos por sus ineficientes e incompetentes políticas. El crudo por sí solo saltó a 5.225.000 barriles por día para la semana del 10 de abril. Un aumento masivo respecto a la semana anterior, que aplasta niveles previos mientras los compradores abandonan el desastre de Oriente Medio y hacen cola para abastecerse en Estados Unidos. Las políticas energéticas de Trump han convertido al país en el principal proveedor mundial. Con este enfoque, Trump lanza un mensaje poderoso: basta de suplicar a regímenes inestables, corruptos o abiertamente terroristas. Estados Unidos perfora, envía y gana dinero mientras los demás países se asfixian con sus propia cobardía e inutilidad o políticas medioambientalistas fallidas.
El petróleo no es el único sector que Trump ha impactado con su acertada agenda energética. Así, los precios del gas natural en Estados Unidos han bajado un 28% en lo que va de año, mientras que el precio promedio del gas natural en Europa ha subido un 58%. Un contraste que habla por sí solo de qué política es la acertada y cuál está equivocada. Los precios de la gasolina en Estados Unidos son un 32% más bajos que en China y casi un 45% más bajos que el promedio de la UE. Otro ejemplo más de la brillantez de la agenda energética Trump frente a los desacertados dirigentes europeos. Para completar, Trump está eliminando el déficit comercial a través de las exportaciones de energía. El liderazgo energético no es un eslogan ni una ideología; es una lógica estratégica aplicada con inteligencia. Los datos señalan mejor que nada la realidad de las cosas. Estados Unidos es ahora la principal superpotencia energética mundial:
Nº 1 en producción de Petróleo, más que Arabia + Rusia + Irán juntos: 13.6 millones de barriles por día.
Nº 1 en producción de Gas Natural: más que Rusia + Irán + China juntos.
Nº 1 en exportación de petróleo crudo: 5.2 mbpd
Nº 1 en exportación de productos derivados del petróleo: 7.2 mbpd
Nº1 Producción de líquidos: más que Arabia Saudita + Rusia combinados
Nº1 Productor nuclear: alrededor del 30% de la generación nuclear global
Bajo Trump, Estados Unidos es líder global en generación de electricidad renovable, producción hidroeléctrica y de carbón. La diversificación y la seguridad no son ideología, es lógica. Su agenda energética ha permitido aprobar más de 19.000 millones de pies cúbicos diarios de nuevas autorizaciones de exportación de GNL, más que la capacidad total de exportación de Estados Unidos al momento de la inauguración en enero de 2025. Esto es una victoria para la seguridad energética global.
Trump tampoco descuida sectores productivos minoritarios, pero que cumplen un papel importante, como el carbón (un 8% de la producción nacional); un sector que ha sido modernizado tecnológicamente con grandes inversiones y se mantiene activo con minas abiertas en los condados de Indiana y Armstrong, en Pennsylvania, entre otros lugares.
Además, el presidente Trump ha firmado cinco ordenes ejecutivas que anulan las restricciones de la era Biden sobre arrendamientos energéticos de carbón, petróleo y gas en millones de acres en estados como Dakota del Norte, Montana, Alaska y Wyoming.
Por otra parte, el reciente acuerdo comercial de 550.000 millones de dólares firmado por Trump con Japón ha resultado en un impresionante aumento de inversiones energéticas en EE. UU. Hasta 40.000 millones para reactores nucleares modulares pequeños tanto en Tennessee como en Alabama, 33.000 mil millones para una planta de energía de gas natural de 9.2 gigavatios en Ohio, 17.000 millones para un centro de generación de energía a gas natural en el suroeste de Pennsylvania, y 16.000 millones para otro centro de generación de energía a gas natural en el este de Texas. Lo cual fortalece aún más el liderazgo energético estadounidense.
Además, Trump ha obtenido una victoria absoluta con su estrategia en la guerra de Irán, que ha entregado a Estados Unidos un elevado nivel de dominio energético. Las exportaciones de crudo alcanzaron un récord de 5.225.000 barriles por día la semana pasada. Europa ahora obtiene más de un tercio de su combustible de aviación de las refinerías de EE. UU. Países de todo Asia están firmando contratos a largo plazo de GNL con proveedores estadounidenses porque no tienen a dónde más recurrir. Europa y Asia ya están captando el mensaje. La guerra no sólo ha reconfigurado los flujos globales de petróleo, sino que también le ha dado a EE. UU un enorme control sobre quién obtiene energía y en qué términos.
Ahora comparen todo esto con, por ejemplo, el desastre de las políticas de Pedro Sánchez en España, que ha tenido que soportar un apagón general y tiene una dependencia energética y de defensa del exterior brutal. No se trata de derecha o izquierda, sino de saber gestionar, liderar y tomar decisiones inteligentes. Trump saber hacerlo, Sánchez, no.
A pesar de todas las evidencias que destacan la brillantez de Trump, muchos periodistas en Europa, Hispanoamérica y en otras partes del mundo siguen desinformando o manipulando la información a sabiendas sin explicar realmente lo que sucede y las implicaciones para cada país.
Para el presidente Trump está claro: quien controla los flujos energéticos y la producción de defensa, controla su futuro y el mundo.
Trump está ejecutando una hábil maniobra estratégica de poder, que explota la ventaja estructural de tener un país independiente energéticamente, para inclinar la balanza global a su favor y en contra de adversarios como China y la Unión Europea.
El resultado de unos medios tan sesgados y alejados de la realidad, es una total falta de información: el público europeo y mundial recibe una caricatura del presidente estadounidense, despojada de su lógica estratégica, mientras que las consecuencias concretas sobre los precios de la energía y la seguridad de las rutas marítimas se presentan como fruto del caos creado por Trump, en lugar de una lucha por la seguridad internacional y un juego entre grandes potencias en el que Europa debería posicionarse.
Entender el fondo de Trump no significa aprobar sus formas. Significa reconocer que detrás de sus acciones subyace una visión estratégica muy coherente («Estados Unidos Primero»), aplicada primero a la seguridad (a la guerra con Irán) y después a la competencia con China. Ignorar esta realidad no hace que Europa esté más segura: simplemente la hace menos preparada para el nuevo escenario.
La era en la que el “cambio climático” dictaba la política industrial terminó definitivamente cuando Trump asumió el cargo. La seguridad energética y de los recursos ha vuelto a ocupar un lugar prioritario; la única incógnita es cuánto tardarán los líderes europeos e internacionales en reconocerlo abiertamente.
El presidente Trump ha llevado a Estados Unidos a una posición de liderazgo energético envidiable, que ahora viene a fortalecer como nunca la industria de defensa nacional y el poder militar.











