Trump y la producción de cobre
Las decisiones del presidente Trump están creando las condiciones para que Estados Unidos consolide o recupere el liderazgo mundial en una gran variedad de áreas. Una de estas decisiones vitales se refiere a la capacidad nacional para producir cobre. Trump está tomando medidas decisivas para que esta industria crucial regrese a suelo estadounidense y busca reconstruir la capacidad de refinación y producción de cobre en Estados Unidos.
Después de una amplia investigación por parte del Departamento de Comercio, en virtud de la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, el presidente Trump impuso la semana pasada aranceles al cobre importado. Este material tiene una importancia decisiva para la seguridad económica y nacional de Estados Unidos, tanto como lo puede tener el petróleo, la electricidad y los semiconductores.
En un entorno como el actual, marcado por la inteligencia artificial, la modernización de la red eléctrica y la informática avanzada, el cobre es uno de los materiales indispensables para la innovación tecnológica y la industria de la defensa. Nuestros sistemas militares, desde aviones, barcos y submarinos, hasta armamento avanzado, dependen en gran medida del cobre, al igual que otros sectores civiles esenciales, como la red eléctrica, las redes de telecomunicaciones y la manufactura.
¿Qué es lo que ha movido al presidente Trump a movilizarse? Que a pesar de la importancia estratégica del cobre, la industria cuprífera estadounidense se ve perjudicada por prácticas comerciales desleales, como el exceso de capacidad subsidiado por el Estado y el dumping a precios inferiores a los costes por parte de países como China, Vietnam e India, la manipulación de las exportaciones y la fijación de precios predatorios por parte de países como Chile, Perú y México. Estas prácticas, que a menudo violan las normas de la OMC, deprimen los precios mundiales del cobre y desalientan la inversión en instalaciones nacionales de fundición y refinación. Todo esto, combinado con las excesivas regulaciones nacionales, ha dejado a Estados Unidos peligrosamente dependiente de fuentes extranjeras para obtener un metal que es crucial para nuestra defensa y seguridad económica.
Así hemos llegado a la situación actual, en la que Estados Unidos se enfrenta a una peligrosa dependencia de las importaciones, y lejos de los tiempos en los que el país fuera líder mundial en la minería, refinación y fabricación de cobre. Lo vemos claramente con algunos datos reveladores: tan sólo nuestra capacidad de refinación ha disminuido un 56% desde finales de la década de 1990, lo que obliga a Estados Unidos a la peligrosa situación de exportar mineral de cobre en bruto y chatarra al extranjero, sólo para reimportar productos terminados. Esto no es sólo algo ineficiente y absurdo que los políticos han permitido durante años, sino que además es estratégicamente imprudente y desaconsejable. Más datos que reflejan la actuación decisiva de Trump: el déficit comercial en productos derivados con uso intensivo de cobre pone de relieve nuestra vulnerabilidad. Entre 2010 y 2024, este déficit se disparó de 4.800 millones de dólares a la gigantesca cifra de 19.400 millones de dólares, un aumento del 302%. Sólo el año pasado, Estados Unidos importó casi un millón de toneladas métricas de cobre refinado para satisfacer las necesidades básicas internas. Cada libra de cobre importada es una libra que podríamos y deberíamos producir en Estados Unidos, creando empleos estadounidenses y asegurando nuestras cadenas de suministro críticas.
La dependencia del extranjero se ve agravada por el exceso de capacidad mundial en la refinación de cobre, algo que es impulsado por la sobreproducción subvencionada por los gobiernos extranjeros. ¿Cuál es el resultado? Que Estados Unidos se ha vuelto peligrosamente dependiente de fuentes extranjeras para obtener un metal que es indispensable para nuestra defensa y seguridad económica. Para abordar esta amenaza, Trump, está actuando con decisión bajo la autoridad de la Sección 232, y ha impuesto aranceles diseñados para reconstruir y proteger las cadenas de suministro de cobre de Estados Unidos. En concreto, el presidente está implementando un arancel del 50% sobre las importaciones de productos semiacabados de cobre y productos derivados con alto contenido de cobre. Además, las importaciones de cobre refinado se enfrentarán a un arancel gradual, que comenzará con un 15% en 2027 y aumentará hasta un 30% en 2028. Estas medidas necesarias brindarán un margen crucial a las empresas estadounidenses para que aumenten su capacidad nacional de refinación y procesamiento.
De nuevo el presidente Trump recurre a la estrategia arancelaria que tan buenos resultados le está dando a nivel comercial y económico, esta vez para proteger la industria nacional del cobre y evitar los riesgos que supone la continua dependencia del cobre extranjero.
La experiencia con la aplicación de medidas de la Sección 232 sobre el acero y el aluminio, nos han demostrado ya que los aranceles pueden revitalizar con éxito industrias críticas. Esas medidas atrajeron miles de millones de dólares en nuevas inversiones, restauraron la manufactura nacional, están creando miles de nuevos empleos y asegurando materiales cruciales para nuestras fuerzas armadas e infraestructuras esenciales.
Los aranceles sobre el cobre producirán resultados similares y nos permitirán reactivar la capacidad nacional de refinación y fundición de cobre, incentivarán la inversión en nuevas tecnologías y permitirán que los estadounidenses vuelvan a trabajar en los estados que producen el cobre que necesitamos de forma imperiosa.
Cortar lazos de dependencia con el extranjero no es un error en absoluto. Estados Unidos tiene grandes reservas de cobre, suficientes para satisfacer la demanda interna durante aproximadamente 40 años. Por ejemplo, sólo Arizona alberga algunos de los yacimientos más grandes del país, incluyendo la mina Morenci, una de las fuentes de cobre más productivas de Norteamérica.
La decisión del presidente Trump en este tema es un acierto total porque revitalizará la industria del cobre en Estados Unidos, algo que además implica revitalizar las comunidades estadounidenses. Desde las minas de cobre en Arizona y Montana hasta las fundiciones y plantas de procesamiento en Utah, Texas e Indiana, las medidas de Trump y los aranceles contribuirán a la creación de miles de empleos manuales bien remunerados. Las inversiones que se esperan en el sector se destinarán a la exploración, el refinado y la fabricación de productos derivados, impulsando las economías locales y reconstruirán el núcleo industrial. Esto es poner en marcha la agenda America First de Donald Trump con inteligencia y sentido común. Es reforzar nuestra economía, pero también la seguridad nacional, ya que debido a las vulnerabilidades de la cadena de suministro, no podemos permitirnos depender de productores extranjeros que perjudican a nuestro país con sus exportaciones masivas. Trump ha sabido ver la necesidad de fortalecer la capacidad de producción nacional de materiales estratégicos como el cobre, lo que en definitiva protegerá a Estados Unidos y la economía de peligrosas interrupciones del suministro durante tensiones geopolíticas o crisis globales.
De forma contundente, el presidente Trump están lanzando el mensaje de que Estados Unidos ya no tolerará políticas económicas que debiliten nuestras industrias y pongan en peligro la seguridad nacional.












