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El nuevo programa económico de Obama

El próximo 2 de noviembre el Congreso dará un giro conservador y muchos nuevos Gobernadores serán también del Partido Republicano. El presidente Obama es consciente de esta situación y ya ha empezado su particular transformación hacia posturas más conciliadoras en algunos temas.
El resultado es que ya está habiendo cambios entre los responsables de su Administración y aún habrá más. Pero no sólo eso. Su agenda política deberá adaptarse a la nueva realidad que amanecerá el 3 de noviembre y que le exigirán los ciudadanos con sentido común.
Barack Obama, que de tonto no tiene un pelo, aunque de demagogia sabe un rato, ha empezado a reorientar su política económica en el mes de septiembre, al menos en algunos aspectos.
El presidente anunció hace unas semanas en Cleveland, Ohio, una nueva serie de recortes fiscales para intentar relanzar el crecimiento económico, la gran preocupación de los estadounidenses al día de hoy. Es un plan de incentivos a las empresas, que permitirá desgravar en un solo año, hasta 2011, el 100% de inversiones en nuevos equipos, en vez de hacerlo progresivamente, como ahora, en un periodo de entre tres y 20 años. Según la Casa Blanca, la medida costará a la Administración 200.000 millones de dólares (157.000 millones de euros) en los primeros dos años. El presidente también presentó un proyecto para ampliar un crédito fiscal para Investigación y Desarrollo que costará 100.000 millones de dólares (78.700 millones de euros) a lo largo de diez años.

Estas dos medidas son apoyadas en mayor o menor grado por los economistas conservadores, pero necesitan la aprobación del Congreso para ser aplicadas y serán retroactivas al 8 de septiembre, todo con el objetivo de animar la inversión de forma inmediata.
«Una clave para crear empleo es alentar a las compañías a invertir más en Estados Unidos (…). Durante años nuestra política fiscal dio exenciones a las empresas que creaban empleo en el exterior (…) me centraré en prolongar las deducciones fiscales a la clase media”. Estas palabras del presidente Obama nos hacen dudar y preguntarnos si al fin ha visto la luz y puede gobernar con algo de sensatez.
Estas medidas económicas se anunciaron poco después del plan de inversión de 50.000 millones en obras públicas para infraestructuras. Un plan que ahonda en viejos vicios de gasto público, pero que al menos tendrá el mérito de invertir dinero en sectores que lo necesitan y que permitirá modernizar el país en áreas como las carreteras, las líneas ferroviarias de alta velocidad, aeropuertos, etc.
De entrada puede parecer que Obama se empeña en seguir con la política del gasto público, como hiciera con entusiasmo en estos dos primeros años de mandato, en los que ha estimulado la demanda ampliando de forma brutal las competencias del gobierno, aumentando el déficit, bien directamente a través de las agencias federales o indirectamente a través de subsidios destinados a los estados y los municipios. O mediante los rescates masivos de la industria del automóvil, las finanzas, la banca…

El plan de 50.000 millones sí va en esa dirección, pero no las medidas para el incentivo fiscal, que cambian una parte de la estrategia económica. Lo que pretende hacer Obama es aplicar las tradicionales recetas conservadoras del incentivo fiscal, recurriendo a los remedios que prefiere el sector privado y la gente de a pie, harta de su borrachera de derroche gubernamental. Lo que propone es un enorme incentivo fiscal a las empresas para que se animen a invertir y contratar con más rapidez. O sea, más empresa y menos gobierno. Sólo que llega demasiado tarde y demasiado poco.
La base de estas medidas es de manual económico: un caramelo fiscal para las sociedades que les permita la deducción fiscal del importe de las compras de equipo y hacer permanentes las rebajas fiscales en concepto de investigación y desarrollo. Un buen comienzo, aunque se queda insuficiente.
Es decir, nada más y nada menos que el tipo de reforma fiscal que suelen defender los republicanos con entusiasmo. Y lo presenta un presidente demócrata que ha hecho auténticos desmanes con el gasto público, pero que ve las orejas al lobo en las próximas legislativas de noviembre y su propio cargo en el aire en las presidenciales de 2012.
El giro hacia una agenda más conservadora, más responsable, por parte del presidente Obama ya se ha iniciado, aunque sean medidas aisladas y sobre la marcha, y sólo puede ir a más en los meses próximos.




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