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Desconfianza en el Gobierno

Uno de los grandes éxitos del presidente Obama jamás lo hubiera deseado el propio interesado, pero es de facto uno de los pocos logros nítidos de la Administración Demócrata. Es el que se refiere al índice de confianza del pueblo estadounidense en el gobierno federal. Según una reciente encuesta del Centro de Investigación Pew, cerca del 80 por ciento de la población ha perdido la confianza en el gobierno y pocos creen que pueda resolver los problemas del país. Sólo un 22 por ciento afirma que puede confiar en el gobierno “casi siempre o la mayoría de las veces», y un 19 por ciento se manifestó «básicamente contento», que es un porcentaje muy inferior al de hace una década. Esto tiene varias lecturas y todas preocupantes.
De entrada, es el nivel más bajo de confianza popular en medio siglo, aun teniendo en cuenta los gigantescos problemas y crisis que se afrontaron en las pasadas décadas, y se produce precisamente durante una Administración que ha ampliado el gobierno y sus poderes de forma impresionante. Esto por sí solo pone de manifiesto el descontento popular que hay en las calles con este intento de establecer un Gran Gobierno que actúe en todas las esferas de la vida por encima del individuo.

Supone también un fracaso en toda regla de las políticas de Obama ancladas en el poder omnipotente del gobierno federal, que interviene muchas veces en aspectos que a los ciudadanos no le interesan en este momento y que lo hace con un despilfarro alarmante del dinero público y de los impuestos de los ciudadanos.
Estos datos de confianza en el gobierno son importantes porque reflejan una corriente ciudadana que fluye en el sentido de querer un gobierno más limitado, con menos poder, más eficaz y mucho más coordinado entre partidos.
Las condiciones actuales de crisis económica, paro elevado, descontento con los líderes políticos y muchas de las actuaciones del gobierno de Obama, están en la base de una protesta general de la sociedad norteamericana y de esa falta de confianza, que va a tener sin duda su reflejo en las próximas citas electorales importantes en este país: las intermedias de noviembre y las presidenciales de 2012.
El informe de 140 páginas del Centro de Investigación Pew, que la Administración Obama quisiera enterrar bien hondo, analiza la tendencia de la ciudadanía estadounidense, que ya no quiere un gobierno que meta las narices en todo, ya sean problemas reales o excusas para cambiar aspectos fundamentales de esta nación, como pretende Obama, sino que desea un gobierno distinto, reformado, con menos poder y más pequeño. Las políticas de Obama están resucitando las consignas de Reagan contra el Gran Gobierno y ponen en bandeja a los Republicanos volver a conectar con la clase media del país, independientemente de su tendencia ideológica, y gobernar así de otra forma.

Después de un año y cuatro meses de llegar a la Casa Blanca, una gran mayoría de estadounidenses han despertado del sueño retórico de la brillante oratoria de Obama para comprobar que el camino que sigue el presidente no es el camino acertado en muchos aspectos, y que ya no desean una respuesta masiva del gobierno a los problemas que tenemos, porque esto se produce a un precio muy elevado de intervención gubernamental que nadie quiere aquí, empezando por el control de la economía por parte del gobierno y el control de la sociedad en aspectos que deben ser privados y personales.
Otro dato muy revelador del informe del Centro, que analiza las actitudes de la opinión pública entre 1958 y 2010, es que el 40 por ciento de los ciudadanos cree que el Gobierno federal debe mantener los diversos programas existentes, mientras que el 47 por ciento piensa que debe producirse un recorte en los mismos para reducir el déficit y el poder del gobierno. Ha llegado el momento de reformar muchos de esos programas y convertirlos en verdaderas herramientas al servicio del pueblo y no en pozos sin fondo de gastos gubernamentales sin control.
De acuerdo al estudio realizado, el deseo de reducir el papel del gobierno se ha acentuado expresamente desde que el presidente Obama asumió el poder, lo que es un resultado muy negativo para él y con consecuencias aún por ver. Casi la mitad de los ciudadanos prefiere un papel más pequeño para el gobierno federal, con menores servicios, frente a un 40 por ciento que quiere una mayor intervención del Estado. Algo que tampoco se puede obviar, ya que eso significa millones de ciudadanos que demandan soluciones del gobierno. El equilibrio se presenta, pues, difícil pero necesario.
El nivel de aprobación del presidente Obama se sitúa en un 40 por ciento, un desplome vertiginoso respecto a su popularidad máxima, aunque sigue siendo superior a ese raquítico 17 por ciento que consigue el Congreso, y que aún le concede capital político y margen para seguir con su agenda; si bien, con enormes riesgos de desgaste que podrían costarle el segundo mandato. Su jugada es tan arriesgada como radical.
Esto nos plantea una posición popular que nos advierte por dónde van los intereses de los ciudadanos en Estados Unidos y cómo los políticos deben recoger este desafío para encauzar al país por nuevas políticas. El tiempo del cambio de Obama probablemente está próximo a su fin, seguramente estamos llegando a su cumbre de actuación política, aunque aún no se vislumbra con claridad lo que vendrá después.
Es un momento de incertidumbre, en el que la voluntad popular volverá a empujar un nuevo cambio o a intensificar el que estamos viviendo.




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